sábado, 23 de agosto de 2014

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?


«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» La pregunta que hace Jesús al inicio del evangelio parece un sondeo de opinión. Jesús sabe que su tiempo en esta tierra es corto y sus días contados. Por lo tanto, quiere saber si dentro de los que le habían escuchado, seguido o visto sus milagros, alguien había captado quien era él.

¿Quién es Jesús? Es una pregunta fundamental y de actualidad, tanto para los creyentes como no creyentes, para los judíos, musulmanes, cristianos, etc. Claro, toda la biblia, tanto el antiguo como el nuevo testamento contesta a esta pregunta.

A la pregunta de Jesús, los discípulos contestan según la opinión de las masas. Las masas identifican a Jesús con algún personaje importante del pasado, que tiene un papel importante como precursor del mesías. Para unos, Jesús es Juan Bautista, para otros, Elías, Jeremías o uno de los profetas. Aunque las masas no descubren a Jesús como Mesías, por lo menos lo colocan en la más alta categoría que existe.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Es una pregunta importante para los discípulos. Puede que se produjera un momento de silencio mientras los discípulos pensaban que respuesta dar a Jesús. Una evidencia resultó ser que algunos no habían descubierto aún quien era Jesús.

Jesús quiere una respuesta personal de sus discípulos.  Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Es la conocida confesión de Cesarea de Filipo: la confesión de Pedro. Acerca de Jesús, Napoleón dijo una vez: “Yo conozco a los hombres, y Jesucristo es más que un hombre”.

Después de 2000 mil años, la pregunta  de Jesús sigue de actualidad. Quién es ese hombre que ha movido muchos corazones o quien ese hombre que sigue provocando temas de debates y preguntas en las cabezas de otras personas. Con una fe sencilla, Pedro ve en Jesús, el hijo de Dios, el Mesías. El descubrimiento de Jesús tiene que ser primero algo personal.

La fe es un regalo de Dios y una respuesta y adhesión personal del hombre. El cristianismo no consiste en saber acerca de Jesús por lo que han escrito los teólogos o autores tanto cristianos como no cristianos. Es más bien, conocer a Jesús. Muchos de nosotros, hemos adquirido la fe  a partir de nuestros antepasados, abuelos o padres. Es lo que se llama la fe por tradición. No está mal, pero el riesgo es quedarse sólo en lo que nos han hablado de la fe o de Jesús, sin llegar al paso siguiente, que es adquirir una experiencia personal de Jesús. Es conocerle personalmente, a través de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, a travs﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽manosvue es hacer una experiencia personal de jesonal  jodios, és de los hermanas y hermanos. “Para conocer a Jesús no basta el estudio, no bastan las ideas, es necesario rezar con el corazón, celebrarlo e imitarlo”, dijo el Papa Francisco.

El evangelio de este domingo nos pone ante un desafío importante: ¿Para ti, quién soy? Que nuestra respuesta personal sea como la de Pedro:  Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Que nos sentamos orgullosos de nuestra respuesta porque así lo creemos, porque nuestra respuesta es fruto de nuestra relación personal con Jesús. Tras su respuesta, Pedro recibe una misión. Nuestra fe en Jesús, no es una fe muerta, sino más bien una fe que nos invita a la responsabilidad y a la misión. Como a Eliacín  en la primera lectura y a Pablo, en la segunda, Dios nos ha llamado y elegido para poder anunciar la buena noticia de su reino por palabras y obras.  
Modeste, SVD

jueves, 24 de julio de 2014

¡TOLERANCIA!

El Papa ha recibido hoy a Meriam, la mujer condenada por apostasía en Sudán. 

"No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia." (Mahatma Gandhi)

sábado, 19 de julio de 2014

EL MAL, ¿DE DONDE VIENE?


Las lecturas de este domingo nos invitan a descubrir el verdadero rostro de Dios. Antiguamente, se le presentaba a Dios como un Dios vengador, que condenaba y exterminaba a los enemigos de su pueblo. Sin embargo, Dios ha sido siempre bueno y clemente, rico en misericordia con todos (Salmo responsorial). A lo largo de la historia, Dios ha mostrado siempre gran paciencia hacia el hombre. “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.” 

La primera lectura nos habla de un Dios más humano que el hombre. “Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos…Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.” (1ª Lectura). Se nos presenta el rostro bueno y justo de Dios con su pueblo.

Vivimos en un mundo caracterizado, muchas veces, por la intolerancia: un gran y grave problema de nuestra sociedad. Sabemos las consecuencias de esa intolerancia: la violencia del género, los divorcios, la discriminación por religión, sexo, raza y clase social, etc., las luchas armadas, las matanzas de todo tipo, etc.; se condena y se crucifica por el pecado cometido… ¿No será que hemos perdido el verdadero sentido de la humanidad? La lectura del libro de la Sabiduría nos invita a fijar nuestros ojos en el Señor y pedirle que nos de un poco de humanidad. Que miremos al mundo y a los demás con una mirada de amor.

El evangelio, en tres  parábolas ( la parábola del trigo y la cizaña,  la parábola del grano de mostaza y la parábola de levadura) nos presenta también el rostro de un Dios bueno, misericordioso, clemente y lleno de paciencia hacia el hombre; un Dios que espera…  Como nos dice el salmo, Dios es clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal. No nos condena, al contario, nos mira siempre con compasión. No quiere nuestra muerte, sino más bien quiere que nos convirtamos  y volvamos al buen camino. Dios da tiempo al pecador para que se convierta. "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" Pero él les respondió: "No, que al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega…” (Evangelio).

Ahora bien, no podemos tampoco abusar de la paciencia y de la bondad de Dios. Es cierto que todo lo que hace Dios para el hombre es bueno. Dios es el que siembra la buena semilla en tierra. Mientras que el hombre duerme, el enemigo aprovecha para sembrar cizaña en medio del trigo. El enemigo viene siempre cuando el hombre está dormido. No es por nada que Jesús pidió a sus discípulos velar, orar y estar despiertos. “Velad y orad, para que no entréis en tentación.” (Mc 14, 38). La vida es un combate diario contra el espíritu del mal. La prioridad en ese combate es conservar la buena semilla que Dios ha sembrado en nosotros.  El enemigo, el espíritu no duerme. Está siempre al acecho para sembrar cizaña. Y la cizaña es la discordia, es el odio, son las guerras, son las rivalidades, los cotilleos, son las calumnias, etc.

La cizaña, la vemos y vivimos en nuestras familias, pueblos, barrios, parroquias, lugares del trabajo, en el mundo, etc.  Son verdaderas armas de destrucción de las comunidades humanas.  Centenares  de muertos en el avión que se estrelló en Ucrania, centenares de muertos en Gaza e Israel,  secuestros y matanzas en Nigeria, luchas armadas en muchos rincones del mundo, son obras del demonio. Es la cizaña que siembran los enemigos de la paz y de la felicidad de la humanidad.  Hemos de estar vigilantes y oponernos a cualquier espíritu del mal que intenta sembrar cizaña en medio de la buena semilla que sembró Dios. Que el Espíritu de Dios nos ayude en esta lucha de todos los días, nos de fuerza, porque somos seres débiles (2ªLectura).   


Modesto

sábado, 12 de julio de 2014

EL SEMBRADOR

Domingo 15 del tiempo ordinario

PRIMERA LECTURA: Isaías 55, 10-11
SALMO: Salmo 64, 10-14
SEGUNDA LECTURA: Romanos 8, 18-23
EVANGELIO: Mateo 13, 1-23



Homilía

El mundo está sometido a todo tipo de dolores. Queremos la paz en Medio Oriente, en Siria, en Irak, en la República Centro Africana, en Nigeria. Queremos el cese de la violencia en Israel y Palestina, en el este del Congo, en Ucrania, en Siria, etc. Rezamos y es nuestra esperanza que la creación se vea liberada de la esclavitud de la corrupción, de las guerras, del odio, de rivalidades para entrar en la libertad gloriosa de los hijos e hijas de Dios, como nos lo dice San Pablo en la segunda lectura. Ojalá escuchemos todos la voz del Señor, su palabra. Porque en ella encontramos vida, descanso, paz, alegría, etc.

La primera lectura subraya la eficacia de la palabra de Dios en nosotros y en la historia de la humanidad: “la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.”


Ahora bien, para que la palabra de Dios de frutos que perduren hace falta que la tierra que la recibe esté preparada. Es el mensaje que nos deja la parábola del sembrador que Jesús nos presenta en el evangelio de este domingo. Es cierto que la palabra de Dios es “viva y eficaz… es poderosa” (Hebreos 4, 12), pero no se impone. Quiere ser acogida con toda libertad. Tiene que encontrar un corazón bien dispuesto para que de frutos esperados en nosotros.  

Los que trabajan de jardineros o los que son aficionados a la jardinería saben lo que hace falta para tener éxito en su jardín. Hay que poner las condiciones adecuadas  para que las semillas o las plantas crezcan y den frutos o flores. Para ello, hay que fertilizar, regar, ocuparse de que no la invadan las plagas, y limpiarlo regularmente de malas hierbas. Ahora bien, nosotros no hacemos que las cosas crezcan en el jardín. El creador sigue siendo el único que sabe cómo una pequeña semilla metida en la tierra llega a convertirse en un enorme y frondoso roble.

La semilla tiene su origen en la esperanza del sembrador, porque nadie sembraría si no tuviera la esperanza de cosechar un día buenos frutos. Pero al mismo tiempo la semilla alimenta esperanza. El sembrador no se centra en la fatiga o el desgaste de todo tipo que puede tener mientras siembra, sino más bien en la alegría  y la esperanza de la cosecha que le espera en el futuro. Así es el Señor. Se fija en nosotros con una mirada de esperanza. Espera de nosotros que demos frutos buenos. Pero al mimo tiempo nos invita a poner de nuestra parte en este proceso: crear un ambiente sano y fértil para que su palabra en nosotros pueda dar frutos buenos, frutos que duren: frutos de amor, de paz, de reconciliación, de caridad, de entendimiento, de concordia, de perdón, etc.

La parábola del sembrador nos invita a hacer un examen de conciencia: ¿Qué tipo de tierra soy yo? ¿Qué tipo de tierra ofrezco para que la palabra de Dios pueda dar frutos buenos y que duren? ¿Estoy dispuesto a ser una buena tierra para que el Señor haga crecer en mi frutos buenos? ¿Estoy dispuesto a limpiar mi corazón de todo tipo de mala hierba: mentira, violencia, odio, rivalidad, etc. para dejar que crezca el amor, la paz, la bondad, el perdón, etc.? Dios quiere la colaboración de cada uno esté donde esté, para que la humanidad pueda gozar de la alegría y la felicidad que nos ha prometido el Señor. Que trabajemos para ello. Que encontremos en la palabra de este domingo la fuerza de tener una vida cristiana auténtica y comprometida, fundada en la eficacia de la palabra de Dios y con la responsabilidad que tenemos en los dones recibidos y el compromiso de dar frutos buenos.


Modesto

sábado, 7 de junio de 2014

VEN ESPÍRITU SANTO


Hoy, Fiesta de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles donde estaban reunidos con María en el Cenáculo. Ese mismo día nació la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús. Las lecturas nos muestran que el nacimiento de la Iglesia fue al mismo tiempo el nacimiento de la comunidad en misión. La misión es la naturaleza misma de la Iglesia. Ese mismo día, el Espíritu hizo de los apóstoles verdaderos misioneros y evangelizadores de la Buena Noticia de Jesús. Mientras contemplamos y revivimos en la liturgia de este domingo la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, pedimos ese don del Espíritu para la Iglesia y para todos nosotros. Necesitamos un Pentecostés para todos para hacernos verdaderos evangelizadores del Amor de Dios en nuestro mundo de hoy.  

Un día me preguntó una jovencita del grupo de confirmación: ¿Cómo es el Espíritu Santo? ¿Es una persona el Espíritu Santo? Buena pregunta, dije. El Espíritu santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Ahora bien, sabemos cómo es Dios Padre, porque nos creó en su imagen. Jesús, la segunda persona, nacido de la Virgen María, fue Dios y hombre. Si reflexionamos sobre este fundamento, sí que tiene sentido la pregunta de la joven. ¿Cómo es el Espíritu Santo entonces?

La primera lectura nos da una pista. “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno”. Un ruido atronador, un fuerte viento, fuego, lenguas...

Estos son los símbolos que la primera lectura usa para describir el primer Pentecostés. Estos símbolos nos hacen sentir como si el universo entero fuera sacudido hasta lo más profundo de su ser; que todo el mundo es sacudido y despertado, que la creación entera es purificada y hecha nueva. Lo que sucede es algo completamente nuevo. El Espíritu de Dios se hace sentir, recordándonos el inicio de los tiempos, cuando el Espíritu aleteaba sobre las aguas primordiales, cuando la tierra era vacía y deforme, cuando las tinieblas cubrían los abismos. Sopló el Espíritu de Dios y el cosmos surgió del caos, el orden del desorden, la creación de la nada.

Los primeros en experimentar esta novedad fueron los discípulos de Jesús reunidos en el cenáculo, la sala superior. Se habían encerrado, con miedo de exponerse a la multitud. Además del miedo, se sentían desalentados y descorazonados por la muerte de su maestro y el fracaso de sus esperanzas y sueños. Y estaban inmensamente confundidos porque había rumores de que su maestro había sido visto vivo. Ellos mismos parecen haber tenido la experiencia de que su maestro se apareciera entre ellos. Y entonces llegó el viento. Lenguas de fuego descendieron sobre cada uno de ellos y se llenaron del Espíritu Santo. Fue como si los hubieran sacudido hasta que se les cayeran el miedo, la desilusión y la confusión. Como resultado, se sintieron fortalecidos para salir, para dar testimonio de su maestro y anunciar la Buena Nueva. Ya no había en ellos miedo, desilusión y confusión, sino coraje, frescura y claridad. Habían sido convertidos y transformados radicalmente. El Espíritu no lo vemos, sin embargo, vemos sus frutos y sus obras.

Frente a nuestro miedo y falta de compromiso, nuestra superficialidad y mediocridad, nuestra confusión y timidez. Como los discípulos en aquél primer Pentecostés, necesitamos el Espíritu Santo para fortalecernos para que podamos salir a proclamar el Verbo Divino y dar testimonio del Reino de Dios, con coraje, frescura y claridad. Rezamos para que, como los discípulos, también nosotros seamos convertidos y transformados.

El don del Espíritu es el don de lenguas, como lo hemos escuchado en la primera lectura. Es otra obra del Espíritu Santo. Esto nos permite decir que el don del Espíritu es la capacidad de dialogar, de entrar en conversación con todas las gentes, especialmente con los que son diferentes a nosotros. En palabras de la primera lectura: partos, medos, elamitas, forasteros de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes. O como decimos nosotros hoy: buscadores de fe, pobres y marginados, gente de otras culturas, personas de otras tradiciones religiosas. El Espíritu es el que hace posible el diálogo. “Hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”, afirma Pablo en la segunda lectura de este día.  

Junto con María, nos dirigimos al Padre para pedir ese don del Espíritu en estos tiempos nuevos de la Iglesia. Que el Espíritu nos fortalezca y nos recree. Que el fuego del Espíritu nos transforme y nos hace verdaderos misioneros de la Buena Noticia.



Modesto.